Hay que hacer énfasis en esa última parte. Lorenzo
García Vega fue un escritor anti-mercado en los tiempos de mercado y de
editoriales transnacionales. Los libros que publicó fuera de Cuba, que fueron
casi todos a partir de Los Años de Orígenes,
fueron publicados por editoriales autogestionadas, menores, y de escasas
tiradas en un lejos país como Argentina (lejos del Caribe, al menos). Hasta el
momento, sus obras tampoco han sido traducidas al inglés. Fácilmente pudiera
haber escogido el dócil camino de la publicaciones de los libros temáticos que
presentan el universo cubano en clave trágica, pero prefirió obstinadamente, en
cambio, insistir en una extinta tradición literaria que hoy recordamos
vagamente como la vanguardia. Su valor en el mercado literario fue – y de algún
modo sigue siendo – completamente nulo.
Homenajeaba a Duchamp y emulaba, sin parecerse nunca a
ellos, a los dadaístas. Fue un verdadero vanguardista a destiempo. Porque si
Gombrowicz, Sousandrade, o Macedonio Fernández fueron algunos de las figuras de
esa vanguardia latinoamericana durante los años más turbulentos del siglo,
Lorenzo quiso serlo de otra manera. Encarnando hasta la muerte el sinsentido de
la letra y de la vida.
Esta es una de las razones por lo cual ciertamente
cuesta trabajo leer a García Vega. Aun para aquel que está entrenado en la
parafernalia iconoclasta del vanguardismo y de sus codificaciones verbales,
la escritura del autor de El Oficio de
Perder, reniega ser ordenada en sentidos, imágenes, o signos. La suya es
una constelación, escrita desde la renovación más plena del sentido. Desalienta
por estar fuera de toda órbita del lector, situada en otro tiempo aunque, desde
luego, escribía en este siglo XXI. Este elemento es por el cual se instancia su
rareza, así como su diferencia como la tipología del “escritor raro”. Seguía
pareciendo un raro en una época en que, en efecto, habíamos nivelado y de algún
modo superado esas rarezas. Prescindía de toda presencia mediática, y el
retrato de Pedro Portal, con el paso del tiempo, será algo así como el gran retrato vintage del artista (viejo).
El debate sobre su legado comienza luego de su
muerte. Mirando muy por encima algunas de las poéticas de la literatura cubana,
cuesta trabajo que algún escritor, poeta, o ensayista tomen como modelo una
escritura que se situó, hasta el final, en las antípodas del realismo y del
mercado, de la significación y del discurso político. Ningún escritor cubano contemporáneo
está dispuesto a canjear Anagrama por Garcia Vega; es un simple problema de valores económicos
que también, en muchos casos, se traducen a valores estéticos.
La pregunta que se debería hacer es si Lorenzo
García Vega podrá leerse fuera de su lectura del origenismo (su libro más
citado sin duda alguna es Los Años de Orígenes),
y como modelo de una escritura. Tengo para mí que Garcia Vega fue más que un
negativo del origenismo o de Lezama, no solo porque su escritura lo demuestra,
sino porque bajo esa fabricación autobiográfica quizás se esconda un tema
literario.
A Lorenzo García Vega se le puede leer como el
escritor que cumple la función del crítico que se acerca a mirar y ver qué pasa
en el campo letrado. Pero no en su contexto abstracto (pienso por ejemplo en el
opúsculo de Emilio Roig de Lauschering sobre el minorismo).
Su escritura, o al menos parte de ésta, es un intento de volver visible los
lugares que ocupan los gustos literarios, las generaciones, sus formaciones
grupales, sus imágenes, y sus ordenamientos rituales. En este sentido Los Años de Orígenes es un libro útil
para pensar algunos problemas críticos, y solo desde este lugar es que merece ser
releído.
Hace apenas dos meses había quedado con el escritor
cubano Fernández Fe, visitar al autor de Playa Albina, como sigilosamente nombró
a la ciudad donde vivió sus últimos años (Miami), y que al final, por compromisos
mutuos, no llegó a concretarse. Aunque vivíamos muy cerca, nunca lo llegué a
ver. Eso da cuenta de mi distancia con su obra, a la cual, en su verbosidad
sonora, nunca pude atravesar en su totalidad y siempre me generaba el dilema
del lector. Tengo una idea de su tonalidad, si acaso vale decirlo de este modo,
pero me distanciaba sus cajas sonoras y retruécanos. Me sentía más cómodo con
su honestidad de narrar lo vivido o lo que simulaba a vida.
Quizás el poder de su escritura residía justamente
en esa brutal honestidad de lo biográfico, y que ahora me lleva a recordarlo
con su delantal de Publix, un supermarket
norteamericano, donde trabajó hasta que fuese despedido por aceptar propinas (escribió
varias veces sobre ello). Su escritura fue de gran envergadura, por donde
desfila la biografía en serie (Espirales del
cuje 1952, Los Años de Orígenes
1979, El oficio de perder 2005, Devastación del Hotel San Luis 2007). Como
un fiel vanguardista, tallaba de cada evento de su biografía, un experimento de
lo que podemos situar en los márgenes de toda literatura.
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Gerardo Muñoz
Mayo de 2012
Miami, FL.








